Desde mi “exilio” he vivido con la anciana Dulek en el bosque negro. Ella me dio techo y comida. Me enseñó prácticamente todo lo que sé a día de hoy. Me convertí en su alumna desde el mismo día en el que me acogió. No he tenido necesidad para abandonar lo que a día de hoy considero mi hogar, a pesar del temor que infunde a muchos el sólo citar el nombre del bosque. Hasta ahora.
Hay una persona que me ha dado motivos más que suficientes para abandonar durante un tiempo (espero que corto), mi hogar y embarcarme en un viaje hacia más allá de las tierras de Moth, de las Cordilleras Mürenheim o de las Cordilleras de Lucille.
Mi destino era incierto, sólo sabía que mi destino era el lugar donde se encontrara aquel hombre que un buen día se dedicó a destruir parte de mi hogar. También lo culpo por la desaparición de Dulek. No sé si tiene algo que ver, pero tanto si es responsable de que ella desapareciese como si no, son pretextos a los que me aferro para buscarle con más ahínco. Tengo un par de preguntas para él, y espero que sus respuestas sean las esperadas, pues entonces me dará razones para quizás infringir uno de mis principios.
He hablado con Eri, mi loca y traviesa familiar. No sé por cuánto, pero tendrá que estar una buena temporada encerrada. A ella no le hace gracia alguna, al igual que a mi, pero tenemos que sacrificar parte de nuestra libertad si queremos seguir viviendo lo suficiente para volver al bosque y envejecer.
La partida fue fácil y rápida, nadie de quien despedirse por triste que parezca, ni muchas pertenencias que echar dentro del petate. Un par de días después del suceso y de la desaparición de Dulek, decidí marchar tras el misterioso hombre que de golpe y porrazo irrumpió en el bosque quemando todo a su paso. Y poco después de salir del bosque, evitando siempre los caminos y las pequeñas aldeas de estas tierras oscuras, una neblina se cernió sobre mi y sin saber cómo ni porqué aparecimos en una de las ciudades portuarias del país de Lucrecio.
Sólo sé que Erilíade no tuvo nada que ver, y que aparecí junto a un zinner que no había visto en la vida. Quizás la magia de nuestra tierra quiso llevarme hasta allí, para encontrar más pistas sobre mi misión personal. En estos tiempos que corren, es difícil disimular no ser un habitante del país de Moth. Me aterraba la idea de que ocurriera algo parecido a lo que pasó en mi infancia. Salvo por aquella neblina de la que no sé ni su origen, ni su motivo; no ha habido ningún acontecimiento “extraño” o sobrenatural que tenga que ver directa o indirectamente conmigo. Ahora soy un ser precavido, distante y muy desconfiado, algo que en el pasado era casi impensable debido a mi jovialidad y simpatía hacia a todos.
Al poco de llegar a Lucrecio, pregunté en la zona a algunos sabios sobre lo ocurrido en mi hogar. Todo lo que obtuve por respuesta era que debía ir a Gabriel, allí quizás tuviera más suerte en descubrir nuevos detalles sobre el tema, las “cualidades” y paradero de mi enemigo. Así que tras llevarme un chasco preguntando cómo y cuánto me costaría llegar a mi nuevo destino, me puse a trabajar durante un mes en una taberna de la ciudad portuaria. Descubrí con asombro que aquella civilización era más avanzada que mi pueblo. Era como si cada país viviera en edades diferentes, lo que me hizo sentirme aún más fuera de lugar y desconfiada por tanto desconocimiento. Y no sólo tuve que acostumbrarme a sus gentes tan distinguidas y de gran estatus económico, sino también a su frenético ritmo de vida. Comparado a la tranquilidad que se respiraba en Gehena, aquello era un gran hervidero de gente en un continuo ir y venir.
Y por fin conseguí mi billete de ida en barco al país de Gabriel. Ahora pienso: Maldita neblina y maldito destino, que me ha hecho viajar millas y millas para tener que viajar a unos de los países vecinos de las tierras oscuras de Moth.
martes, 29 de marzo de 2011
Caminando hacia lo desconocido...
Publicado por
Ryuka
en
16:04
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Etiquetas:
Diario de Danath
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